9 de agosto de 2009

El club de la ruleta rusa

Un giro desenfrenado y veloz fue la respuesta al golpe en seco que segundos antes le había propiciado la palma de su mano al tambor. Una vez que se detuvo, éste se preparó para dar el golpe de gracia en la sien de su víctima. ¿Sería ésta la última? Con cada disparo era igual: la misma adrenalina corriéndole por las venas y saliéndosele del cuerpo; el mismo sudor frío desfilando, calle abajo, por su frente. El sabor dulce y agudo, invariable, que le empezaba en la punta de la lengua y bajaba por su garganta hasta hacerse un montón de nudos en la boca del estómago. Luego, lo de siempre: la bala atrapada en el conducto de al lado y un silencio hueco al martillar el arma que volvía a dejarle con vida y le obligaba a entregar el adminículo a su contrincante. 
El juego nunca duraba más de dos o tres disparos y siempre se resolvía con su oponente cayendo al piso con una bala metida en el medio del cráneo. Y la cosa ya había hasta empezado a fastidiarle un poco, a decir verdad. No es que tuviese serias intenciones de morir. En realidad, hasta se me ocurre que jamás lo pensó muy sensatamente y en su afán por demostrar su valentía, allá iba cada martes a la noche, al encuentro con la mismísima muerte. 
Octavio nunca había tenido demasiada suerte y al parecer esta no era la excepción de la regla pues hasta la muerte le pasaba por el costado cada vez que él la provocaba, evadiéndole como lo hacen los toreros, manto rojo en mano -una y otra vez-, esquivando a los pobres animales que embisten la tela hasta caer muertos o ser los vencedores. 
El árbitro -o referí, quién sabe el nombre que le darían- de cada uno de los juegos era un perito en la materia; y así lo hacía notar toda vez que podía, dejando al descubierto el surco que le cruzaba de lleno la cara, fruto de una bala mal disparada o de un pulso que tembló en el momento equivocado, rayándole literalmente el rostro desde la punta izquierda de su mandíbula y trazándole una especie de zanja que terminaba justo en la punta de su ceja derecha. 
El dinero que Octavio ganaba en estos juegos sombríos era mal habido y él lo sabía, pero se lo arrebataba de las manos a la propia muerte y eso era suficiente para que se lo llevara con la frente bien en alto: nadie salía tan airoso como él después de tantas pulseadas cara a cara con la más mortal de todas las mujeres.
Cada martes a la noche era un ritual ineludible para Octavio y allá iba, siempre a la misma hora, sin saber a ciencia cierta si esa sería su última noche con vida o si el oponente que le tocara en suerte ganaría la pulseada dejando su propio charco de sangre esparciéndose por la baldosa blanca recién lavada.
Cada martes, muy temprano en la mañana, dejaba todo en orden por si acaso, y partía rumbo a su trabajo. Y como cada martes antes de salir de él, se despedía de una manera casi trágica de Elena, una de sus compañeras de oficina, de quien estaba profundamente enamorado. Ella había sido la artífice de la renuncia de Octavio a su antiguo trabajo, un cómodo puesto en una empresa de agroquímicos, que dejó de lado para entrar como oficinista de poca monta a la compañía en la que Elena ocupaba la gerencia del área de personal. 
Desde la primera vez que la vio bebiendo su café en el bar que los cruzaría por tantos años cada mañana a las ocho en punto, no pudo dejar de mirarla. Y no paró hasta averiguar dónde trabajaba. Y no se detuvo hasta hacer que lo contratara.  
Pero ella apenas lo registraba pues sólo tenía ojos para el jefe de mantenimiento, Héctor, de quien pasaba horas y horas hablando con sus amigas al teléfono. 
Cada martes, entonces, reunía todo su valor y se acercaba al escritorio de Elena con alguna excusa para terminar siempre diciéndole: hoy ha sido un buen día, ¿no crees? Ojalá nos veamos mañana. Adiós. Y no es que sus despedidas -las de cada martes- fuesen gran cosa, pero esa era la manera que él había encontrado de entrar en contacto con ella, a quien nunca se atrevía a hablarle. Ni siquiera del clima en el ascensor que de vez en cuando los acercaba. 
Sólo ese día de la semana él lograba reunir el coraje de hacerlo, aunque no fuesen más que palabras tontas y sinsentido para quien siempre le llamaba por su apellido porque nunca le había aprendido el nombre de pila. 
Elena lo miraba impávida, como solía mirarle cada vez que él aparecía. Emitía una mueca que se asemejaba -sólo un poco- a una sonrisa de medio lado y lo dejaba irse, feliz él, de haber establecido contacto. Pero ella no era -ni remotamente- el motivo de su “hobby” predilecto, de su placer por las armas o de su locura desmedida por el suicidio. Elena había venido después, pero ni siquiera los sentimientos que ahí aparecieron aplacaron su necesidad de ir a batirse a duelo con la muerte cada semana. 
Aunque él no lo supiese a ciencia cierta, había sido su padre quien lo adentrara en el oscuro mundo de los juegos con armas mortales. Había sido él, cuando Octavio, con sus escasos cinco años de edad y su incapacidad para comprender el mundo adulto, lo viese por la mirilla de la cerradura por la que tenía prohibido espiar, tomar un arma y disparar dentro de su boca la única bala que había dentro del Smith & Wesson de plata que tan sigilosamente guardaba en su escritorio. Había sido él; él y su sangre esparciéndose por la alfombra marrón de aquella habitación, que ese niño convertido ahora en adulto, nunca olvidaría. Había sido esa inmensa mancha roja que iba hundiendo la habitación en un manto de tinieblas a medida que crecía, la culpable de que Octavio retase a duelo cada martes a la muerte, en intentos desesperados por expiar la conducta de su padre y borrar así la huella delo sucedido. 
El martes 28 de septiembre, Octavio amaneció distinto, tal vez como un presagio de lo que esa noche ocurriría: se levantó a la hora de siempre, desayunó en el living mirando las noticias del día en la TV, ordenó sus papeles y despidió a sus perros con el candor de cada mañana. Aún así, su cuerpo se sentía extraño, más liviano. 
Una vez sentado frente a su escritorio lidió con las tareas habituales pero desde una perspectiva que no dejó de asombrarle: siempre había sido un tanto timorato a la hora de resolver determinados asuntos y no dejaba de acudir a sus pares cada vez que la ocasión así lo requiriese -lo cual era todo el tiempo-, pero ese día se sentía con la capacidad suficiente para resolver lo que se le presentase sin la ayuda de sus compañeros de oficina. 
Tuvo entonces una rara sensación de poderío y hubiese querido que no terminase. Nunca, en toda su vida, se había sentido de tal manera. Y tal era su júbilo que, llegada la hora en la que debía despedirse de Elena, pensando como siempre que quizás fuese la última vez que la vería, llegó hasta su escritorio con tal impronta que ella, lejos de la impavidez, se quedó mirándole, estupefacta, y antes que pudiese articular palabra se encontró con los labios de Octavio tan cerca de los suyos que sólo pudo oírse un quejido lejano y apagado. Después de eso, un beso largo y un hasta mañana que retumbó en los cubículos ya vacíos como un eco. 
Cuando se separaron, en un gesto casi imperceptible para Octavio, ella le tironeó la manga del saco en lo que fue un intento para retardar la partida. Pero él ya se estaba yendo. 
Esa noche Octavio entró a sus anchas por la puerta que daba al club. Los allí presentes le saludaron con el respeto de quien lleva invictos todos los martes de su vida y sólo atinaron a rogar por lo bajo que Octavio no fuese su oponente esa noche. El duelo era sólo uno por pareja, como cada semana: se contaba la cantidad de participantes y se dividían en pares. Las apuestas iban subiendo a medida que el tambor iba girando sin dejar muertos y mientras más duraba la ronda, más alta era la cantidad que se llevaba el que quedaba vivo. El club era muy riguroso a la hora de firmar los contratos y no debía haber nadie que dejase deudos que más tarde hubiesen de reclamar un dinero que no les correspondía. Además, debía estar claro que los fallecidos tenían una carta de suicidio firmada en sus hogares -de las que el club, por supuesto, tenía copias- por si acaso no fuesen ellos los vencedores.
Cuando Octavio se sentó a la mesa, un halo de convencimiento lo cubrió. No tenía la incertidumbre de cada noche. Es decir: siempre había tenido la adrenalina de no saber si sería esa la última, el sudor frío corriéndole por la frente. Pero esta vez supo a ciencia cierta, que no sería él quien se levantaría de la mesa, victorioso, con el dinero de su oponente engrosando sus bolsillos. Quizás lo sabía desde que se levantó esa mañana y desayunó en su living, o en el momento que resolvió aquellos casos que se le plantearon sin ayuda de nadie, o cuando besó por primera (y única) vez a Elena. Quizás. 
Entonces tomó el arma de aquella mesa cuyo mantel verde se asemejaba mucho al green de los campos de golf, miró a su oponente, miró al árbitro de la pulseada que, con su cara partida al medio por aquella espantosa cicatriz, daba inicio al juego y sonrió. 
Hizo girar el tambor del Smith & Wesson que siempre elegía para sus duelos y esperó hasta que éste se hubo detenido por completo; colocó la punta del arma en su sien y, sin titubear, jaló del gatillo. Un sonido seco se oyó en el fondo del salón. Octavio no supo cuánto tiempo pasó hasta que empezó a sentir el líquido caliente y húmedo que ya corría por un costado de su sien, resbalando por toda su cara y nublándole la vista. No podía pensar. Estaba aturdido. Los oídos le zumbaban. Miró nuevamente a su oponente y al árbitro, y sólo en el reflejo de sus rostros pudo hilar lo que estaba sucediendo. Corrió la silla hacia atrás y se levantó, pero una negrura que nunca antes había visto -si es que vale la contradicción- le cerró el camino y todo se apagó. 
Finalmente Octavio no murió. Lo sé porque lo visito cada martes en el hospital central de la ciudad. Por suerte no está en estado vegetativo pero no puede articular palabra. Llego y me mira con sus ojos perdidos. No sé si logra reconocerme. No sé si sabe que soy la misma persona que cada martes vuelve a contarle las noticias de la semana. Los médicos dicen que la bala atravesó su lóbulo frontal y que perdió su capacidad de habla: afasia, la llaman. Tampoco es capaz de escribir lo que piensa o siente. Está literalmente incomunicado con el mundo exterior. 
Yo me siento frente a él y me pierdo dentro de sus ojos desesperados, que son los únicos capaces de comunicarse con el resto de los mortales. Y me interno dentro de ellos, que me cuentan una y otra vez la misma historia: ese era mi último martes en el club de la ruleta rusa. Después de ese, iba a abandonarlo todo… iba a dejarlo todo.

2 de mayo de 2009

El crucigrama de las infinitas letras

No sé en qué momento empecé a hacer crucigramas. Sé que la primera vez estaba intentando pasar las horas en una sala de espera atestada de gente que aguardaba impaciente el mismo médico que yo, y que al diario que yacía en mis manos sólo le quedaban la sección de deportes y clasificados sin leer. Entonces lo vi. Tan prolijo él con sus cuadritos negros llenos de definiciones y sus cuadritos blancos clamando por tinta y resoluciones; con sus bordes perfectos y sus flechas minuciosas.
Casi al descuido saqué de mi bolso una lapicera que siempre llevo conmigo (por si acaso, junto a un anotador) y me adentré en lo que para mi hasta hacía muy poco tiempo era el pasatiempo de un par de tontos (o miles en el mundo, tal vez).
Siempre me había parecido que quien dedica sus horas a hacer crucigramas tiene sobrado tiempo de más en su vida y que si encima lo malgasta dando respuestas a las tontas definiciones que algún caprichoso plasmó en un papel, es perfectamente incapaz de administrar sus ratos de ocio e invertirlos en cosas que realmente valgan la pena.
Quizás fue por eso que al principio la idea de ser yo quien daba las respuestas a esas vanas preguntas no tendría mayor importancia a futuro.

Al principio fue solo un juego para matar el tiempo sin tener que soportar las preguntas capciosas que los pacientes, ya impacientes, se hacían entre ellos para alivianar la estadía en aquel lugar. Y como mi experiencia en este tipo de juegos no era de lo más vasta sólo pude llegar hasta la mitad del crucigrama cuando la puerta se abrió y por fin escuché mi apellido.
Ese habría podido ser el fin de la historia y hasta ahí podría decirse que todo había ido bien. Pero cuando llegué a casa con esa rara sensación de haber terminado el día con alguna tarea inconclusa que no me dejaba avanzar con mi rutina nocturna, tamaña fue mi sorpresa al abrir mi bolso buscando la receta de mis nuevas medicinas y encontrar, al fondo y recluido en lo más oscuro de él, un papel de diario arrugado que se asemejaba bastante al periódico que había estado leyendo en la clínica.
Me senté en el sillón del living, nuevamente con mi lapicera y el crucigrama entre las manos, dispuesto a terminarlo para poder irme a dormir tranquilo. Pero las palabras fallaban una y otra vez ante los cuadros circunscritos y obtusos que sólo permitían cinco letras para definir “casualidad, azar”. Empecé a impacientarme frente a tan ajustados axiomas y la tentación me ganó de mano: abajo, a la derecha, en letras más pequeñas, y cabeza abajo, estaban las respuestas a todos los interrogantes que mi mente no era capaz de resolver. Decidí que hacer trampas no era el camino más indicado pero sí la única manera de terminar con lo que había empezado para poder dejarlo a un lado y seguir con mis tareas habituales. Primero pensé en ver sólo la palabra que -suponía yo- era la que trababa el resto de ese rompecabezas de vocablos. Pero al ver que ni esa palabra, ni la siguiente, ni la que le seguía liberaban el juego, opté por mirar todas las respuestas y escupírselas en la cara a ese recuadro que se había convertido de repente en mi único oponente.
Finalizada la tarea pude irme a la cama más tranquilo y sin la pesadumbre de haber dejado cosas inconclusas en ese día que ya se estaba yendo.

El día siguiente empezó como tantos otros, un café bebido a las corridas antes de irme al trabajo, el paso obligado por el kiosco de revistas a comprar un par de diarios y un día laboral ajetreado y lleno de problemas a resolver. Luego la salida de la oficina, pasar a tomar algo con los muchachos al bar de la esquina, de vuelta a casa, cenar algo frente al televisor e ir a la cama hasta que el despertador dé las siete y media y todo vuelva a comenzar.
Pero esa noche, mientras repasaba -como tantas otras noches- algunos acontecimientos del día, algo comenzó a inquietarme y esa sensación me asaltó al punto que aunque no podía describir, me incitaba a levantarme. Di varias vueltas por la casa a oscuras, entré en la cocina a tomar un vaso de agua y de repente me encontré parado frente a la mesita ratona del living. Ahí, a todas sus anchas, desparramado sobre la mesa, me sonreía un diario del que sólo había leído -a las apuradas- sus titulares. Entonces lo comprendí: no podía irme a dormir sin hacer el crucigrama del día.

Las semanas fueron pasando y lo que había empezado como una cosa de nada se transformó en un hábito diario (y hasta aquí está bien utilizado el término “hábito”, porque la obsesión propiamente dicha vino después) del que ya no me podía escapar. Así, no había noche en la que me fuese a dormir sin haber terminado el crucigrama de esa jornada.
No voy a negar que al comienzo mis buenas trampas hiciera espiando las palabras que no fluían de mí con facilidad, pero lo cierto es que al cabo de un tiempo -porque todas las definiciones se les repiten tarde o temprano- empecé a hacerlos sin ningún tipo de “ayuda” extra.
Las “itas” son los piojos de las gallinas, la letra griega de cuatro letras casi siempre es “kapa”, uno de los ríos de Francia es la mayoría de las veces “Loira”, el de Italia, de sólo dos letras: “Po”… y así hasta acabar.

Me di cuenta que el hábito empezaba a transformarse en obsesión cuando escuchaba a mis amigos hablar sobre temas de diversa índole y mi cabeza a toda velocidad armaba el crucigrama de sus vidas.
Eso sin contar lo insufrible que era estar todo el tiempo a la caza de palabras sueltas que mi cabeza convertía en definiciones de una determinada cantidad de letras para luego, en intentos desesperados, convertirlas en las resultantes adecuadas que cupieran en mis cuadritos mentales de manera perfecta, donde no tenía posibilidades de tachar o de hacer trampa mirando los resultados correctos que, por cierto, mi imaginación no tenía. Y ni hablar cuando mi propia obsesión me impulsaba a concatenar las definiciones de algunos de mis amigos con las de los otros para que encajaran en los crucigramas mentales que mi cerebro -ya a esa altura enfermo-, me exigía.
“Hijos” era la palabra vertical de cinco letras que se correspondía con “esposa” en su última letra horizontal, y también con “amor” en la penúltima de éstas. Y la “a”, de “auto” caía como anillo al dedo para la primera definición vertical de “hogar, vivienda, morada” (en su segunda letra, claro) que al mismo tiempo servía para “trabajo” en su penúltima letra horizontal. Y a la vez, la segunda “a” de “trabajo” era la quinta letra necesaria para conformar la palabra “amante” ante la lamentable definición de “tercera persona en discordia en una pareja”.
¡Pero que incongruencias! Palabras todas que cruzaban transversalmente el pensamiento lineal que cada uno de ellos tenía y que volcaban en las mismas conversaciones triviales de antaño, sentados alrededor de la mesa del bar de siempre en el que nos encontrábamos a diario a la salida del trabajo.

Entonces un día tuve lo que para mí había sido una genial idea: diseñar un crucigrama que nunca acabara. Un crucigrama que en una interminable combinación vertical y horizontal atravesara todas las palabras de la lengua castellana y que incluso fuese más lejos, que encontrara nuevas significancias a conceptos nunca antes descriptos por la humanidad: diseñaría un crucigrama de infinitas letras.
No estaba muy seguro sobre la manera en que debía empezar a fabricarlo, lo que sí sabía con una certeza absoluta era que debía contener, con letras que tanto horizontales como verticales cuajaran a la perfección, palabras nunca antes dichas, respuestas a preguntas nunca antes formuladas, acertijos imposibles de encontrar en ninguna adivinanza.

Me encerré en casa durante días, semanas, meses. Dejé de ir al trabajo, abandoné a mis amigos en el bar -que terminaron por cansarse de dejar mensajes que yo borraba sistemáticamente del contestador-, renuncié a mi cita semanal con el psicólogo y me adentré de lleno en la tarea. A duras penas sí comía algo -que por supuesto pedía por Internet para no perder el precioso tiempo que ahora necesitaba para dedicarme de manera exclusiva a mi crucigrama perfecto.
Mi casa se había convertido en un campo minado por crucigramas de diarios y revistas, un verdadero nido de ratas en las que éstas se hubiesen hecho un festín de lo más opíparo de dejarlas. Había crucigramas en el living, sobre la mesa de la cocina, desparramados sobre la cama, por el piso, en el baño, pegados con cinta adhesiva en las paredes: no había un solo rincón que no estuviese ocupado por esos cuadros negros y blancos que no hacían otra cosa que quitarme el sueño cada noche.

Pero, ¿por dónde debía empezar? ¿Debía encontrar primero las definiciones o hallar las palabras que con sus infinitas letras derivaran en las enunciaciones nunca antes expuestas? ¿Cómo debía ser el formato de este crucigrama que tendría un tamaño tan descomunal que no cabría en ningún papel? Esta última idea me aterró de solo evocarla y llegué a pensar que mi crucigrama infinito había muerto antes de ver la luz.
Entendí entonces que solo un lugar sería capaz de albergar un crucigrama de estas características: el nuevo invento del siglo XX, Internet. Allí, mi crucigrama podría tener la profundidad que yo quisiera darle, incluso infinita, porque aún cuando todos los servidores del mundo se llenasen de las definiciones que yo inventara, habría un punto en el que las palabras comenzarían a pasar por las mismas letras ya utilizadas para otras infinitas palabras y así sucesivamente, en un puente interminable de ecuaciones fluctuantes.
Más tranquilo, empecé entonces por las palabras que ya conocía y fui sumando con el pasar de los días nuevos conceptos, que encontraban definiciones hasta entonces desconocidas.
A los tres meses y con más de 5.300 definiciones, ya tenía una buena parte de la estructura de mi crucigrama pero aún no descifraba la manera de hacerlo infinito. Chocaba siempre con la misma constante: en un punto, el crucigrama daba una vuelta completa y volvía a comenzar sin haber pasado todavía por todas las letras que éste contenía. Incluso había letras que sólo se cruzaban entre sí no más de 3.451 veces.
Creí volverme loco, o es que acaso ya lo estaba, pero no podía darme por vencido. No después de haber llegado hasta donde estaba.
Me pareció que salir a tomar un poco de aire sería una buena idea después de tanto aislamiento. Quizás lograra despabilarme un poco y encontrar en la calle la respuesta que necesitaba. Afuera hacía más frío del que recordaba y supuse que ya habría empezado el invierno. Tras tanto encierro, había perdido la noción del tiempo.
Caminé por varias cuadras sin rumbo cierto y sin que nada viniera a mi mente a echar luz sobre mi problema más acuciante. Eran alrededor de las seis de la tarde cuando me detuve en una plaza y avisté un banco vacío en el que podría sentarme a pensar un rato.

Transcurridas un par de horas desde entonces y cuando estaba a punto de darme por vencido y regresar a mis lóbregos cuarteles, la vi. Un sol que ya estaba desapareciendo bañaba su cabello, rubio por demás, tiñéndolo de una brillantez que se asemejaba bastante a las monedas de oro cuando son vistas contra la luz. Concentrada por demás en la tarea que la ocupaba, no se jactaba de quien pudiese, como yo, estar observándola con total importuno. En cada una de sus manos sujetaba una cuerda que hacía girar incansablemente bajo sus pies y por encima de su cabeza, sin solución de continuidad. Entonces lo comprendí: si lograba que mi crucigrama no tuviese interrupciones de ninguna índole podría hacerlo infinito aún cuando no todas las palabras pasasen por las mismas letras una y otra vez: siempre y cuando no se interrumpiesen las palabras y las unas derivasen en las otras sin solución de continuidad, habría resuelto el dilema. Agradecí en silencio a esa niña que ignoraba por completo la ayuda que me había ofrecido sin saberlo y volví sobre mis pasos a toda velocidad. Una vez en casa me adentré de lleno en la tarea de acabar el infinito crucigrama. Pasé las seis semanas siguientes dándole los últimos ajustes a mi más brillante creación y me dispuse a “subirlo” a la nube de Internet para que el mundo entero me aplaudiera. Vendrían de todas las ciudades del país a preguntarme cómo lo había logrado, me llamarían de los lugares más recónditos del mundo para saber quién había sido capaz de romper el paradigma de los crucigramas hasta ahora conocidos, y, por supuesto, también me ganaría el odio de todos los hacedores de crucigramas finitos del planeta entero.
Tres golpes secos a mi puerta me sacaron del júbilo y la enajenación. Creí que alguien me había descubierto y venía resuelto a despojarme de mi magnífica idea y entré en pánico.
Atisbé por la mirilla a una señorita enjuta y vestida de blanco que sonreía al otro lado de la puerta de la habitación. Mascullé que en un momento le abriría y rápidamente me deshice de todo rastro que evidenciara mi más grande proeza. La mujer del otro lado de la puerta seguía sonriendo cuando la dejé pasar y tarareaba por lo bajo una melodía que se me hizo de pronto harto familiar.

- Buenas noches señor Segrob, es hora de su medicina-, dijo manteniendo el tono melódico mientras me extendía un vaso pequeño y una píldora blanquísima.
- ¡¿Mi qué?!-, repliqué desorbitado y fuera de mi.
- Ah, veo que ha tenido otra de sus regresiones, señor Segrob-, dijo sin que un solo músculo se distrajera, -¿En qué infinita hazaña se ha metido ahora?-, continuó.
- No, no… ¿qué hace usted en mi casa?-, insistí aún tratando de comprender lo que sucedía.
- Usted ya no está en su casa, señor Segrob- sonrió, -Pero no se preocupe, bébase esto y créame que en un par de horas se sentirá mejor-, dijo al tiempo que ponía sobre la palma de mi mano aquella pastilla y me obligaba a agarrar con la otra el diminuto vaso.

Todavía mareado por los últimos acontecimientos, tragué la pastilla que yacía en mi mano y tomé de un sorbo el agua. La señorita de blanco asintió complaciente y giró sobre sus pasos cerrando tras de sí aquella puerta que ya no se parecía a la de mi hogar.
Me quedé parado intentado desesperadamente encontrar la lógica de todo lo ocurrido sin hallar la punta del ovillo del cual empezar a tirar para comprender lo que me estaba pasando. En lugar del ovillo, sólo descubrí cuatro paredes blancas que se achicaban cada vez más y caían sobre mí, aplastándome una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez…
Mi foto
Córdoba, Córdoba, Argentina
Guillermina Delupi© nació en San Luis en 1975, pero vive en Córdoba desde hace más de 20 años. En 2011 participó del Primer Certamen de Ensayos "Las Nuestras. Mujeres que hicieron historia en Córdoba" y su ensayo fue publicado en un libro que reunió todos los relatos ganadores. En diciembre de ese mismo año La Central, revista cordobesa de cultura, publicó su relato: "El hacedor de pollitos de colores". El diario Los Andes (Mendoza) publicó en 2012 el cuento "Noticia de una muerte" y en diciembre de 2013 la revista Rumbos digital publicó su relato "Las mujeres de mi familia". En 2014, la editorial Dunken incluyó su poema "De una vez" en la compilación "Letras del Face 3" y seleccionó “El hacedor de pollitos de colores” para integrar el libro de cuentos “Viajá conmigo”. En junio de 2014 ganó el 3° premio en el certamen literario nacional Paco Urondo y en septiembre del mismo año Marcel Maidana Ediciones editó su eBook de poesía: “Fantasmas de otros”. Ese año, también formó parte del jurado del primer certamen #CuentosTuitCba. Ah, su amiga Emma Gunst (emmagunst.blogspot.com.ar) publicó tres de sus poemas en el blog que reúne a mujeres poetas de todo el mundo y de todos los tiempos.